“No le debo favores al mundo/ yo jugué mi futuro a las cartas.

Soy un rey que perdió su corona/ soy también una vida de tantas.

Por el mundo pasé como pasan/ por el viento las nubes volando”.

—Canción de Los alegres de Terán.


Padre: hace doce días que partiste al descanso eterno. Hoy 12 de agosto cumplirías 88 años. Probablemente, si no hubiera llegado la pandemia de COVID-19 hasta podrías haber sorprendido al centenario. Eras, sin embargo, un hombre activo y lúcido, es decir, autónomo en tus movimientos físicos y dueño de una envidiable memoria, con bioquímica de las antiguas, definitivamente. Lo corroboraron decenas de miles de litros de aguardiente, tequila, cerveza y Coca-Cola, en ese orden temporal, fuiste pasando de lo amargo a lo dulce y viceversa. Fuiste hombre de trabajo duro y rudo, curtido por el sol: campesino, jornalero, velador, regador, paletero, albañil, empleado en las más precarias actividades laborales, aunque dejaste de emplearte salarialmente a los sesenta y cinco años. Sería por el cansancio acumulado de tu historia. No aprendiste a leer nunca de corrido, deletreando salías siempre del paso.

JUEGO DE NAIPES. ¿Recuerdas, padre, los tiempos de juventud y primera madurez? Tu adicción al juego de baraja. Eras un tahúr “profesional”, casi como el Martín Estrada Contreras de la canción que también te gustaba escuchar. Perdías igual como ganabas. Un día te “pelaban” y al otro tenías la copa del sombrero llena de dinero. Gozabas rompiendo la monotonía de los tiempos con la suprema tensión y la adrenalina del albur.

Sembrabas unas tierras de temporal para la subsistencia familiar: milpas de maíz para los tamales de elote y la masa de las tortillas de todo el año; lo mismo que el frijol que se necesitaba; calabazas y ejotes, para la temporada. Dieta admirable por sana, pero no lo sabíamos, como no supimos cuan felices fuimos por tanto tiempo en medio de tantas contrariedades y privaciones infinitas.

Eran las décadas del aguardiente que te dejaba fuera de combate muy seguido. Gracias a mi madre, que no siempre fue sumisa, te obligó a salir de ese círculo vicioso, vicioso en toda la extensión de la palabra. Ya habíamos nacido tus primeras tres hijas, siendo yo la primogénita. La segunda había fallecido al año y medio de edad, seguramente por desnutrición y alguna otra enfermedad de la pobreza.

EL VIAJE AL FUTURO. Empezando los años setenta, con el dolor de la primera tragedia, te bajaste de lo más alto de la sierra, con rumbo a los valles agrícolas de Guasave, que eran ya receptores de miles de brazos de campesinos sin tierra, sobre los cuales se cimentó el desarrollo de una agricultura moderna de hortalizas. Cuatro niñas pequeñas motorizaron aquella travesía. Salir de la miseria extrema, dejar atrás los agrestes territorios y la destructiva vida del juego y el alcohol, contener la tristeza y el dolor de la pérdida humana, eran la esperanza de mi madre que te arrastraba hacia la búsqueda de un porvenir diferente.

EL RETIRO. Una franja extensa, sobre el borde de un gran canal de riego, en un caserío pobre, llamado El Retiro, te dio y nos dio la bienvenida. Avecindados en la casa de unos conocidos del rancho, empezaste a buscar trabajo en un campo fértil, con amplios horizontes. Muy pronto te ocupaste en las diversas labores de peón agrícola. Allí nacieron el resto de tus hijos; uno cada año y medio. Recuerdo que llegaste a tener, simultáneamente, hasta tres empleos. Junto con el trabajo de mi madre y de los hijos que íbamos creciendo, lograste, a pesar de tus inversiones en la adicción al juego y el alcohol, amantes que no abandonaste, los ahorros necesarios para comprar la que fue nuestra casita, diez años después, en el poblado Benito Juárez, Batamote, muy cerca de las escuelas de educación primaria y secundaria. Así, tus nueve hijas e hijos asistían a dichas escuelas. Los púberes y adolescentes, que eran los más grandes, combinaban el deber de las letras con el rudo trabajo del campo.

CALLE MARIANO ESCOBEDO. Allí te estacionaste, cerca de tres décadas. Floreció la vida. Primero con todos y después, solo con tu soledad. La compañía del trabajo en el campo y los arroyos de aguas ambarinas, siguieron mojando las hojas de tu calendario y la pólvora de tu vida. El implacable tiempo empezó a dibujar las grietas de la vejez, en tu diminuto cuerpo y tu piel transparente. Sin embargo, como el árbol viejo y fuerte, mantuviste raíces y tronco, a pesar de los brazos mutilados. Pero la adversidad nunca derrotó al amor filial y disfrutaste aquellos domingos de visita de las hijas y los nietos, que volvían a tus terrenos, como las aves que tuvieron que volar en otros cielos, pero que nunca olvidaron el nido que de paja nos construiste solo con tus manos.

ENTRE EL CERRO DE LA MEMORIA Y LA TIERRA DE LOS TRES RÍOS. Casi una década la pasaste yendo y viniendo por esos lares. Disfrutando el vivir a pesar de los años que se acumulaban. Sin ilustración supiste que el ser humano vive muchas vidas en una y para cada una tuviste una sonrisa inteligente.

Comías y bebías lo que te gustaba. Fueron las aguas dulces industriales de color oscuro las que refrescaron tus calores casi hasta el final. El aguardiente, el tequila y la cerveza se habían quedado atrás. Algo te detuvo y volteaste a ver el camino recorrido y en un descuido tropezaste. La humanidad de tus huesos cayó sin darse cuenta al suelo. Te levantaste, pero ya no quisiste seguir y te quedaste, en medio de los árboles del ancho parque, bajo esa sombra donde te oscureció.

PRIETA ORGULLOSA. En las horas sombrías de tu final, una luz centelleante iluminó tu lecho y como El Coyote de José Alfredo Jiménez, recordaste cuando cantabas canciones, “peleando con tu guitarra y aunque perdías ilusiones, con tus ojos no llorabas”. Entonces hiciste la última llamada y le cantaste a ella, a capela y sin guitarra, solo con la música del alma, en medio de tus recuerdos amotinados, la canción Prieta Orgullosa: “Prieta orgullosa me estás matando/ me estás quitando la vida/ yo no comprendo porqué me desprecias/ si tú eres mi consentida/ prieta orgullosa ven a mis brazos/ tú sabes que yo soy tuyo”, y después, la oscuridad, pero también la paz.

De haber podido, padre, invocarías con justicia y convicción en la hora final al poeta Amado Nervo: “Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo, vida/ porque nunca me diste ni esperanza fallida/ ni trabajos injustos, ni pena inmerecida/ porque veo al final de mi rudo camino/ que yo fui el arquitecto de mi propio destino/ ¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!

Tu hija mayor.

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